Nuestro Espejo

Un pequeño reflejo de todo lo que vivo

Desahogo 02 | 11.04.14

Pensar. Parar. Volver a pensar y sentir que pensando encuentro ayuda, que buscando respuestas las encontraré y nada de eso pasa. Nada. Entonces: ¿Qué respuesta busco?
Ninguna. Sólo regodearme en el miedo que produce el miedo.
Inhalar, exhalar y remontar vuelo. Perdonarse.
Esa es la clave, tal vez. Perdonarse.

Desahogo 01 | 08.04.14

Tal vez la angustia pase por saber -a ciencia cierta- que ya no habrá más un ‘qué tal’, un ‘te quiero mucho’ ni un simple ‘quería saber cómo estabas’. Nada de eso volverá. Y dejar que eso se vuelva cierto, que su muerte sea definitiva, me asfixia. Como todo lo definitivo.
La perpetuidad de las emociones, la posibilidad de lo eterno me ahoga. ¿Qué pasa si nunca más nos cruzamos, siquiera en dimensiones que no sean las conocidas? ¿Cómo se puede tolerar vivir con esa certeza tan plagada de incertidumbres?
El alivio llegará, estimo, de la mano de las hojas del almanaque al caer. Serán los nuevos años nuevos los que barran las peores consecuencias de este 2014, aún joven y que no resigno a dar por perdido, incluso sabiendo que el balance no será positivo. ¿O sí?
Recuerdo que de las muchas cosas que supe compartir con mi madre, una de ellas era la música. Me gustaría contarle, por caso, que anoche estuve charlando con el nieto de Ástor Piazzolla. O que pronto voy a deambular por la Casa Rosada en medio de un concierto. O que… o que… o que tantos otros que.
Pero nada de eso pasará más y me veo en la obligación de aceptarlo.
El duelo golpeó la puerta de mi casa más de una vez y, yendo hacia atrás y mirando con ojos de ilusión, siempre lo he superado. Pasaron desamores, amigos que ya no están, he visto morir a todos mis abuelos, mis padres se han divorciado y, pese a ello, siempre el fulgor del nuevo comienzo ha asomado tras alguna pared. Esta vez, tal vez, la pared sólo sea un poco más alta, pero sospecha que ahí, detrás de esos ladrillos húmedos de dolor y angustia, hay un rayo cálido que está dispuesto a llegar hasta mi.
Tal vez, ese calor llegue desde algún otro plano, desde alguna dimensión que no me es del todo conocida aún.

Frío de muerte

Vuelvo mil veces sobre el punto exacto en el cual el auto se apaga y, delante mío, un Volkswagen Gol –negro, modelo 2009, estimo–, frena bruscamente, me cierra el paso y se abren las cuatro puertas. De cada asiento baja un ladrón, un delincuente, un pibe que nació con menos oportunidades que yo y está dispuesto a matar. Eso dice. Repite claro: “Dame las llaves, porque te mato si no”. Y yo, amigo de las cosas claras y sin vueltas, le doy las llaves, porque entiendo que si no lo hago me matará. Es su promesa. Y no sólo eso. En este momento se ha convertido en mi destino; mi bifurcación. Si sus ideas deciden conectar el gatillo con las cachas de la pistola que empuña en su mano derecha, dentro de algunos segundos, estaré muerto. Y no sólo eso. En ese mar de sangre que sospecho causaré, se irán mis sueños, los del niño que supe ser y los del viejo que pienso ser, incluso ahora que siento el frío del arma en el esternón.
Algo me hace resignarme; entender que este es tal vez mi destino, que hasta aquí han viajado cuerpo y alma en forma conjunta y que este es el punto de inflexión: de ahora en más, ya no habrá dudas sobre qué hay después de la muerte, si existe o no la reencarnación o lo que fuere. En adelante, cuando la bala me perfore todas los huesos que mantienen la estructura de mi torso unida, ya no habrá dudas. La muerte traerá consigo todas las certezas y respuestas que la vida no sabe dar.
Pero no me lo permito. A mi derecha está pasando algo mucho más complejo. Otro ladrón, otro pibe que no llega ni al metro setenta, ni a los diecisiete años ni al status de ladrón, amenaza de muerte a mi mujer. A la mujer que elijo; mi compañera. Y no me lo perdono. Sé que si esa amenaza se convierte en bala; si pólvora y fulminante reaccionan, ya no sólo morirán mis sueños, sino los suyos, y sobre eso no hay perdón. La misma suerte corren las dos amigas que viajan conmigo, en los asientos de atrás.
Algo de todo lo que pasa me hace mantener la calma. Insisto, debe haber sido la sensación de no tener poder de decisión sobre lo que pasa. Lo cierto es que cual pavo real, cubro a las tres mujeres tras mis brazos flacos –temblorosos– y largos y decido que lo mejor es dar uno, dos, tres; diez pasos hacia atrás. Estamos a cuatro o cinco metros de la esquina. Si logramos salir del foco de la escena, tendremos posibilidad de correr hasta el infinito, hasta que este viernes nocturno de invierno se haga sábado por la mañana. Un paso, dos, hacia atrás. Estamos en la esquina, estamos libres.
Escucho mientras me alejo, con una nitidez que sólo creía posible en películas de cine, dos cosas con claridad abrumadora: sus voces, cuchicheantes, por un lado y el motor del auto tartamudeando, por el otro. Entiendo que el auto no arranca. Que no sólo no arranca, sino que no va a arrancar, y que estoy a 20 metros del cuadro de la escena. Sé, –entonces sé, ya no lo sospecho– que mi destino está en la esquina. Que el último beso a mi mujer fue cuando nos encontramos algunos cuántos minutos atrás para volver juntos, que el último abrazo a mi familia lleva unos días de añejamiento, que la última cerveza helada que tomé con mis amigos ya no existe más siquiera en el recuerdo de cada uno. Adivino que lo viene dolerá; imagino frío, mucho frío y angustia. Y eso me desespera, pensar en la angustia que está por causar aquella maniobra imprudente mía: cómo no mirar simultáneamente los 3 espejos, el parabrisas, la luneta y cada una de las ventanas del Clio, ¿no? Cómo no hacerlo.
Escucho pasos. Pasos que vienen desde la esquina a este porche en donde me refugio con tres mujeres a las cuales debo hacer creer que nada malo pasará cuando tengo la certeza de que lo peor aún no llega. Y temblamos los cuatro, y yo simulo estar bien, estar tranquilo. Estar, estar ahí para decir que nada va a pasar, porque en el fondo pienso que nada me perdonará que algo pase. Y vuelvo a escuchar cómo el burro de arranque gira en falso una vez, dos, tres… y silencio.
Un auto sale arando y nuevamente silencio. Nada. La noche de Valentín Alsina se vuelve eterna, intrigante e incómoda. El silencio ensordece, abruma. Confundo las ganas de llorar de miedo con las de vomitar de angustia y ni siquiera pongo énfasis en distinguirlas. Algo acaba de pasar. Algo se quebró adentro mío para siempre. Desespero en el silencio, en la entrada de esa casa de la cual no quisieron abrir la puerta para que no nos maten, por miedo a que los matemos a ellos, o por miedo de que quienes iban a matarnos los matasen también, o por miedo a no poder manejar el miedo.
Los escucho irse. Los adivino dando vueltas manzana, pistola en mano, buscando mi cabeza. Me he vuelto enemigo de gente que no conozco, que no quiero de mi lado ni del otro. Desconocidos, que han sentido la necesidad, la voluntad o simplemente la intriga de poseer algo que no es suyo. Cómo pasa con los vueltos y las dobles morales.
Pero no, nada de eso pasa. Cuando me asomo a la esquina estoy vivo. Mi auto está con las cuatro puertas abiertas como un libro que se secó al sol, solo de toda soledad, esperando por saber qué pasó. Y ahí estoy yo, si sólo pudiese ver mis piernas –flacas, largas y temblorosas–, pensaría que lo peor pasó. Pero de todo ese trago aún guardo resabios de amargura.
Que quiero empezar a escupir y que, tal vez, de todo eso se traten estas letras.

P01B

No contemplo entonces,

ni imagino, por cierto

crecer lejos de tus alas,

vivir donde no estén tus besos.

Nada más absurdo que la nada misma

y nada más lejano aun que el sinfín de excesos

¿Dónde guardas tantos sueños,

dónde vive cada uno?

JIM

El umbral

Existe en todo pueblo civilizado y que se precie de serlo, un umbral que divide en dos partes desiguales toda ecuación. Algunos ricos a un lado, un sin fin de pobres del otro; gente que sueña y gente que lo hace realidad; quienes ríen, y quienes dan risa, quienes lloran la amarga bronca del no; quienes no han aprendido a llorar.

Existe, además, en todo ser dueño de sus pensamientos y que sienta orgullo de tal condición, un umbral que parte en dos cada idea. El vive al otro lado del no. Son vecinos, se han criado juntos, pero no se conocen, aunque se necesiten el uno al otro para existir.

Si nos detenemos a observar cualquier umbral, sin duda encontraremos una flor a un lado, y una mano, inútilmente extendida, tratando de llegar a ella, del otro. El es y el debería ser. Así ha sido siempre y de momento no nos animamos a derribar ninguna pared.

JIM

Al cerrar los ojos ya no estaré aquí

Será, paradójicamente, el instante más largo de toda su vida. No ha habido momento, por fugaz que fuere, tan definitivo, tan único; tan último. Cada silencio que sucede es, inevitablemente, señal que una ráfaga de disparos está yendo hacia él. Es momento de apretar los dientes cuan fuerte se pueda, de memorizar los ojos de cada ser que ha sabido querer cuando niño y tachar la palabra futuro de su pequeña lista de cosas por vivir.

Por un instante el tiempo elige tomar un respiro. Las agujas se sientan a ver la escena: Su pecho ha sido perforado con la ferocidad que el manual de guerra indica. A sus espaldas un río de sangre; en sus ojos, una gran cantidad de lágrimas que no han llegado a ser lloradas como corresponde.

Existe en ese momento, y no en ningún otro, un instante para plantear una única pregunta y ninguna respuesta. La mayoría usa su carta en un “¿Por qué?”, aunque, cada tanto, un distinto se aventura a gastar su voluntad interrogatoria en un “¿Habrá valido la pena?”.

JIM

Desconcierto

Se encuentra llorando sepa uno qué pena, en uno de los asientos más lejanos del tren nocturno. ¿Cuántas preguntas le ha hecho ya a la luna? ¿Ha recibido, al menos, una respuesta? Tal vez así haya sido, porque firme sigue su camino, lágrimas mediante.

Por un momento detiene el llanto, limpia algún resto de tristeza y mira, cuasi ilusionada, los restos del lugar que pudo y no supo ser: su presente, el mismo que, en este instante, va convirtiéndose en pasado al ritmo que la locomotora empuja el resto del convoy.

Seguramente encuentre un nuevo destino donde llevar el equipaje lleno de sonrisas que horas atrás pensaba no usar más. Tal vez, al bajar en su estación, decida dejar las penas olvidadas en el tren que lleva sus recuerdos. Tal vez.

Las flores del cemento

La ciudad, por donde uno la mire, se ha convertido en un sinfín de cemento. Gris. Sin embargo, tal vez por optimista, tal vez por observador, encuentro flores en cada porción de revoque. Las flores han sido siempre un mensaje ambiguo:  amor, por un lado; velo, por otro.

Si uno se detiene a mirar las paredes de la ciudad, de cualquier ciudad, encontrará promesas de eterna pasión y recuerdos en formas de placas doradas, de gente que ya no es, pero que supo ser; amor por un lado, luto por otro.

JIM

Pedro Aznar – Quebrado

 

“La esperanza es sólo una diferencia, que nunca brilla tanto como cuando tiende a cero”

Alan Pauls | Historia del llanto

Óxido

Libelo

¿Qué necesita un hombre además de un pedazo de mar y de un barco con el nombre de la amiga y un sedal y un
anzuelo para pescar?
Y mientras está pescando, mientras espera, qué necesita un hombre además de sus manos, una en la caña y la otra en el mentón, que es para poderse perder en el infinito, y una botella de aguardiente para provocar tristeza, y un poco de pensamiento para pensar hasta perderse en el infinito…

Pero el mar está prsionero en las corrientes, y es necesario luchar por él!

¿Qué necesita un hombre además de un pedazo de tierra -un pedazo muy verde de tierra- y una casa, no demasiado grande, blanca, con un huerto y unos cuantos árboles frutales; y un jardín -un jardín es importante- lleno de olorosas flores?

Y mientras lo habita, mientras espera, ¿qué necesita un hombre además de sus manos para cavar la tierra y arrancar unos acordes en la guitarra cuando la noche se convierte en luz lunar, y una botella de whisky para provocar misterio, pues una casa sin misterio no vale la pena habitarla…

-¡Pero la tierra ha sido esclavizada, y es necesario luchar por ella!

¿Qué necesita un hombre además de un amigo que aprecie, un amigo a secas, simple, de esos con los que no es necesario hablar -basta mirar-, uno de esos que sea un poco indigno en la amistad, de un amigo para la paz y para las peleas, un amigo en casa y en el bar?

-¡Pero el amigo ha sido humillado, y es necesario luchar por él!

¿Qué necesita un hombre además de una mujer para amarla, una mujer con dos senos y un vientre, y cierta expresión singular? Y mientras pasa, mientras espera, ¿qué necesita un hombre además del cariño de una mujer cuando la tristeza lo derriba, o el desatino lo carga en su onda sin rumbo?

Sí, qué necesita un hombre además de sus manos y de la mujer, las únicas cosas libres que le quedan para luchar por el mar, por la tierra, por el amigo…

Vinicius de Moraes

Abril, 1950

Lo intensidad de tus abrazos, el calor de tu piel desnuda, tus manos entre mis manos, tus gritos, tus silencios…las ganas de perpetuárlo todo, la pasión de gemir a la par…caricias, placer…
Tu piel transpira, mis labios arden, tus ojos hablan de lugares en donde la paz y la guerra se confunden entre sí alternadamente y sin criterio lógico.
Tu pelo y mis manos juegan el juego de los amanates en llamas; tus piernas entrecruzan las mías y gritan evocando otra vuelta. Es el momento exacto en que vos y yo nos fusionamos en un ser único para compartir entonces el éxtasis natural en su punto más álgido. Exaltados latimos en sincro. Hemos sido uno en un instante…en el instante. Y seremos uno cada vez que nuestras miradas compartan el mismo camino. Hacia allí caminamos entonces, desde entonces. Te acompaño a que seamos felices. Para siempre.

El pianista de los pasillos oscuros

Lejos, muy lejos, desafinaban sobre un viejo, muy viejo piano, las manos más tristes de la ciudad.

Habíamos compartido algunas notas y unos cuantos cigarros algunos años atrás y hoy, como si lo lúgubre de aquel rincón porteño hubiese soldado las agujas contra el paso del tiempo, el panorama era idéntico.

- “Yo soy un artista, eso me hace sucio, pobre y solitario. Pero es lo que elegí ser..”- susurraba quejumbroso ante mi presencia.

Noté que sus manos guardaban más arrugas que entonces y le ofrecí escucharlo.

- “No necesito de tu caridad. Lo que no se siente, no se transmite..” - dijo algo incómodo.

Lo tomé como una verdad indeleble, no quise insistir. Me alejé lentamente, y de fondo sus quejas se transformaron en tango.

Desde entonces no supe más de Fabio, el pianista de los pasillos oscuros. Pero la música tiene ese don exclusivo de vivir por siempre mientras la memoria se esfuerce en que así sea.

JIM

Habían pasado unos meses y seguíamos vagando tras una sonrisa suya. Su encanto y su piel se paseaban con delicadeza de lado a lado y por cada rincón de nuestro pueblo. Nadie se iba de su tiempo sin recordar sus gestos y su canto.

Supe escuchar, cerca del fin de una noche corta, del otro lado de la mesa que ocupaba en el bar de siempre, que existió quien guardaba entre sus recuerdos la voz de la damita. Él, robusto y cómplice de copas, cual batalla ganada con sudor, contaba una y otra vez a cualquiera que pase por la ciudad entre fronteras, que había sido cautivo y preso de su voz en verso alguna tarde de una antigua primavera.

Y ahí asomaban nuevamente sus luces. Firme y dispuesta a hacer de cualquier pasaje amargo un rincón sin penas. Sus destellos iluminaban a quien cruzara su camino y sus encantos conquistaban a cada uno de los corazones solitarios.

Entre muecas y corazonadas, el tiempo se hizo tiempo y abril la encontró en solitario. Dicen quienes la conocieron, que caminaba sin rumbo y sin sueños entre las tardes de otoño y las noches del viento, llevando consigo sus penas y sus brazos cansados. Entre paso y paso, tal vez mira al cielo y éste, cómplice de sus luces, dicen, se tiñe de encanto.

Quienes habitaban el mismo suelo que la damita de la cual les hablo, aseguran que aun hoy cuentan su historia como la moraleja del encanto. De aquella que supo ser quien quiso ser justo cuando se lo había propuesto.

JIM

Autoregalo

Sobre un cajón de ilusiones y manzanas que pudren al resto, posa su pie el padre de la criatura. Afina una y mil veces sus cuerdas y baña de whiskey sus gritos. Tras bambalinas, aturden y embellecen miles de almas que hoy brillan con la misma luz tenue.

Vuelve a su lugar sus trapos, prolíjamente se despeina, escupe grueso y vuelve al ruedo. Mira una y mil veces el cuello de su camisa en la imágen que un pequeño espejo devuelve. Sólo en ese instante y no antes -ni después- se permite la paz.

Elige mirar sus viejas botas de blues, y sonríe al recordar cada cicatriz del cuero. Nadie ha apostado por él cuando entonó sus primeros versos. Vuelve entonces la mirada al cristal y reconoce tras las heridas de los años la sonrisa del pibe que fue décadas atrás. Y se da el placer de escaparse con la memoria a su infancia.

Bajo la sombra de un árbol apenas alto en una plaza boscosa, un grupo de nenas se envidia entre sí. A lo lejos, los gritos de soledad y ahogo que alguien trajo a su casa después de una jornada de vacío opacan cualquier escena con posible final feliz. ‘Uno necesita esconderse sólo cuando lo buscan’, repetía el pibe que supo ser.

Hoy, se esconde tras el pesado telón que lo separa de unos cuantos gritos con su nombre. Siente en medio del pecho la incomodidad del placer que provoca la plenitud. Es entonces cuando su sonrisa y la del niño aquel encuadran en un mismo plano.

Muchos años después del momento inicial de la historia, nadie recuerda su sombra. No hay calles con su nombre ni huellas que le correspondan. Ha pasado el tiempo y barrió prolíjamente cada uno de sus acordes. Sin embargo, en un viejo cuaderno de canciones, alguien guardó sus intentos. Y es por eso que la historia, todas las historias, se repiten y reinventan cada vez que alguien elige soñarlas.

JIM

Lautaro

Levanten las copas, tan alto como puedan. Eleven sus sueños al cielo y sonrían hasta que duela. Ha nacido el más joven de la tribu y por él brindamos. Lleva en sus risas una pequeña gran porción de cada uno de nosotros. Carga el peso de los sueños que no pudimos concretar. Es el primer eslabón de una cadena que empezó a crecer tras nosotros. Tiene los más lindos ojos del reino, porque lleva en ellos el reflejo de nuestras miradas. Nos permite creer que soñar es la llave de un mundo nuevo, el pasaje a lo maravilloso.

Hace exactamente un mes, nació Lautaro, el hijo de uno de mis hermanos elegidos. Lautaro bien podría ser sinónimo de asombro, de maravilloso, de paz. Es el y su llegada quienes me marcaron que, en la línea del tiempo, hay una nueva referencia. Estamos empezando a abrir las puertas a la nueva generación. Y en él, en Lautaro, es donde se resumen infinitas sonrisas que compartimos en los años en que sólo éramos niños.

Hoy, hombres y adultos, nos miramos mientras sonreímos al verlo y notamos que el tiempo nos está ubicando en un nuevo lugar. Un lugar que, por cierto, estaba esperando hace tiempo.

Bienvenido a la familia.

JIM

Lautaro y Nacho

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