Desarraigo

por Nacho Merlo

Desarraigo…esa extraña sensación de dolor que sentimos al ver lo que nos fue propio y hoy nos resulta extráñamente ajeno.
Cada uno de nosotros, por el motivo que fuere y, en cualquier instancia de su pasaje por la vida, sufrió o ha de sufrir por un desarraigo. Si bien el desarraigo es una palabra que, en primer instancia nos hace pensar en la lejanía física, la distancia que nos separa de un lugar al cual nos unen sentimientos, podemso hablar del desarraigo usando distintos puntos de vista. El desarraigo espiritual, moral, físico, amoroso, emocional, de pertenencia, de ubicación…entre otros tipos.
Es el desarraigo espiritual, aquel que, sin dudas, hace que nuestro pasar sea insulso. Todos tenemos algo en lo que creer, un lazo espiritual nos une a ello. Cuando sentimos que el espíritu nuestro pone en duda nuestros actos, estmamos en presencia de un caso de desarraigo espiritual. Soy de aquellos que creen que debemos creer en algo. Creo que todo acto carente de espíritu, nos priva de disfrutarlo. En el caso del desarraigo moral, se da el caso en que uno descree por completo hasta de uno mismo. Se siente distante y distinto. No se reconoce. No hay una relación de pertenencia entre uno y uno mismo (aunque suene poco claro). La falta de moral es uno de los casos de indulgencia intelectual más penosos que conozco. ¿Cómo encarar nuestra vida si no tenemos parámetros para distinguir qué cosas queremos…qué cosas no?
El desarraigo, en sí, es esa étapa o situación que nos hace sentir que ese todo tan nuestro se ha perdido, no nos pertenece en absoluto y sólo nos llena de penas y angustias.
Cuando niño, sufrí el desarraigo como una triste experiencia personal. Me crié en Río Tercero, Córdoba, Argentina, desde los 3 años de edad. Poco antes de cumplir 13 años, regresé a mi Buenos Aires natal, dejando allá años de sentimientos, abrazos pendientes, amistades tristes y lágrimas recurrentes. Nunca olvidaré el momento que crucé la señal que citaba “Gracias por visitar Río III. Tenga ud. un buen viaje” En mi caso fue un viaje sin retorno. Mis sueños allá se vieron obligados a desaparecer pese a mi negación por ello. Empezar una nueva vida con tan sólo 12 años no es facil. Muchos quizás digan lo mismo. Yo no sólo lo digo. Lo sé.
Sentirse ajeno a lo que queremos es la señal de que un nuevo duelo ha comenzado. ¿Por qué? Quién sabe…el tiempo -quizás- sepa explicarnos el porqué.

“Dejé entre mi almohada muchos sueños por la mitad. Al abrir los ojos, el paisaje no era el mismo. Sus voces eran difusos y mi sonrisa, parecía no formar parte de mi equipaje. Tuve la voluntad de no dejarme vencer por mi y así lo hice. Siento que te tuve por siempre…siento el dolor de aquel día”

JIM