Los duelos: “Sentí su ausencia hasta que su presencia se apoderó de mis penas”

por Nacho Merlo

Dicen –y digo yo también– que los duelos, son todos esos momentos que no deseamos transitar. Algunos, como la muerte, pueden ser predecibles por más doloroso que nos resulte. Por una cuestión de lógica, lo más probable, es que sean mis abuelos, mis padres, quienes dejen de vivir antes que yo. Claro que a veces la naturaleza –y en otras ocasiones, el hombre pos mano propia– se encargan de que esto no pase. Todos estamos advertidos para vivir un luto. Pero, claro, no estamos preparados. “¿Cómo medir cuán feliz voy a estar el día que logre “X” objetivo? ¿Cómo saber cuán triste estaré el día que me toque llorar por una ausencia?”

Son cosas que uno no puede darse el lujo de calcular o predecir. Tienen que pasar. Y, cuando pasan, el impacto, siempre es de una forma distinta.

A modo de anécdota, voy a contarles algo del duelo que más tiempo me llevó superar:

Yo tenía 13 años, era Diciembre, 1994. Mi abuelo estaba viviendo el peor –y en consecuencia último– año de su vida. Una agonía de casi un año hizo que aquel Diciembre las copas se levanten sin fuerza, las lágrimas broten de los ojos de todos. Mi abuelo, es –y digo es porque, en ese plano, sigue siéndolo– un emblema de mi familia. En todo el sentido de la palabra. Llego el día 14, y todos lloraron porque había muerto. Yo no. No por insensible, pero, en realidad, no se porque. Solo pensé “Núnca más voy a volver a verlo…” con una total frustración y angustia. Ese día, se llevó a cabo la ceremonia del velatorio y el entierro el día próximo. A ninguno de los dos asistí.
Pasaron ocho años para que me digne a ir a llevarle una flor a su lecho. Recuerdo el momento en que me pare frente a su sepultura y lloré…lloré todo lo que no había llorado nunca en mi vida por él. Mi duelo duró ese tiempo. No sentí angustia durante esos años, pero, recordarlo, me dolía. Hoy, cuando pienso en él, como ahora, solo veo una sonrisa en mi cara. Me acuerdo de cuando me enseño a jugar Truco con las cartas, o cuando me contaba la anécdota de cuando pezcó un tiburón en Bahía San Blas.

“El tiempo no se apiadó de él ni su buena conducta. No lo hará, tampoco, con nosotros. Este es el lugar y el momento que nos tocó habitar. ¿Cuánto tiempo vamos a estar buscando el sentido de la vida, si, justamente, el sentido está en vivir?”

JIM

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