La tierra que no da flores

por Nacho Merlo

Aprendrí a contar en el lugar donde se cuenta esta historia.
Chico, sí. Yo era muy chico. Apenas tres años y algunos meses más. La vida de mis padres tomó ese camino y, por consecuencia, la mía también.
El cambio no fue brusco para mi. No tengo mucho más que un recuerdo fugáz de mis días en Buenos Aires, previo a mi regreso allá por 1994. Supongo que en mis padres, el peso de la distancia, habrá sido mayor. De hecho, estoy seguro que así lo fue. Me involucre en una sociedad de gente maravillosa. Gente que –incluso hoy– respeta el valor de la palabra. Viví allí, poco menos de diez años. Toda mi infancia y, de algún modo, el principio de mi adolescencia. Muchas veces pienso como hubiese sido mi vida de haber seguido allí por siempre. “¿Sería así yo? ¿Sería así? ¿Sería?

Lógicamente, no tengo respuestas para dichas preguntas. Poco tiempo después que yo volviera a Buenos Aires, ciudad en la que he nacido hace veinticinco años, Río Tercero, “mí lugar en el mundo” sufrió las consecuencias de un Gobierno inoperante, intolerante y pagó caro la indulgencia educacional de nuestros representantes. Ese día lloré. Mucho. No fue como otros días en que lloré su distancia, lloré por sus lugares, por su gente…mi gente. ¡No! Ese día sufría una invasión de impotencia sólo comparable con ese momento ya que, nunca en mi vida, sentí ni he sentido tal dolor. Tanta impotencia.

Dicen que todo por algo pasa. Que todo pasa. Y ¿qué pasa cuando todo pasá?

En medio del verde de mi ciudad, me perdí jugando. Al encontrar ese niño que fui, y que por momentos asoma dentro de mi, noté que el paisaje había cambiado. El sol que me vió caminar cuando niños, hoy es testigo de esta tierra…, la tierra en donde los sueños, ya no florecen

Algunos documentos relacionados:

Nota del diario Clarín del día 23/12/2005
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JIM

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