Exceso de dudas

por Nacho Merlo

Sin dudas, en algún punto, todas las historias se cruzan entre sí.

No es novedad conocer historias dispares que entrecruzan caminos. No sería la primera vez. Sin dudas, no será la última. Pero, entiendo que tus penas y las mías tengan un epicentro situado en el mismo lugar.

Estoy convencido que la vida me ha traído hasta estos años por alguna razón. De todo el tiempo que recorrí, he juntado recuerdos. Al escuchar tu voz relatar tus (mis) problemas, me sentí particularmente identificado. Y es ahí cuando me detengo a pensar.

“¿Cómo es posible que los sufrimientos puedan ser comunes, cuando, las alegrías, son meramente propias?” A todos nos entristece lo mismo. Algunos más, otros menos. Lo que impacta con dolor y genera tristeza, es común a todos. Las alegrías, son puntuales. La definición de felicidad –si es que hay una- debe ser sin dudas: abstracta, porque no se puede medir; utópica: porque es un estado al cual uno -paradójicamente- no quiere llegar nunca. ¿Por qué digo nunca? Porque quien cumple sus objetivos, y no los renueva, sin dudas, recae a un estado de infelicidad. A su vez, estime, sería una definición parcial. Lo que me hace feliz a mi, no necesariamente hace feliz al resto. Incluso, en muchos casos, lo que hace feliz a uno, directamente, genera ingratitud en otro. Es una teoría de dependencia y entrecruces de sentimientos y estados de ánimo.

Ayer, al leer tus problemas, y sentir que hablabas de los míos, pensé –nuevamente“¿Por qué los sufrimientos son comunes, pese a que nuestras vidas sean diferentes?” No puedo responder de una forma irrefutable, pero puedo entender, quizás, el por qué.

Muchos de nosotros, estamos formados por sentimientos nobles. Al menos, la gente que me da placer que me rodee. Quizás, la forma de absorber con la carga de un problema, impacta de igual forma en quienes tenemos sentimientos similares.

Nos hemos criado en un hogar distinto, y nuestras vidas han sido diferentes. Así y todo, he sufrido lo que sufrís hoy vos. No necesité que te explayes demasiado para notarlo. No porque te conozca lo suficiente como para notarlo. O quizás sí; en realidad, no se el por qué.

Sólo puedo decirte que tus palabras no son nuevas y lo que sentís no es algo únicamente tuyo. Los problemas dejan de tener carácter personal cuando uno tiene con quien compartirlos.

Siempre sostuve que mejor que alguien que de consejos, es cruzarse con quien sepa escuchar.

Insisto que en mi, hay dos oídos dispuestos a escuchar cuanto sufras. Como también están preparados para sentirte reír. Fuerte. Muy fuerte.

Hace no mucho, me senté a escribir que no pierdas tu sonrisa. Y veo que no lo has hecho. Eso me pone muy contento. Pero duele saber que hay momentos en tapas tu rostro con llantos.

Dicen que todo este proceso de transición que vivimos día a día, enfrentándonos con nosotros mismos, es lo que se llama vida. Lo malo es que pase. Lo bueno, es que el tiempo es la sal de cualquier herida. Y sobre todo, cuando uno no baja los brazos, cuando uno no descuida su gente y cuando, por lo que fuere, se aferra a la voluntad de no perder su sonrisa.

“De todas las lágrimas que mis ojos cayeron, rescato aquellas que marcaron mi vida. Ausencias, encuentros; partidas, regresos.

Por alguna razón que no conozco, al escribir lo que siento, en este momento, se me dibuja apenas una sonrisa.

Quizás por contar con vos, y vos conmigo, por entender que lo casual de la vida es algo realmente divino, y por entender tu voz difusa en el momento de vacío. Es quizás, por todo eso, que te extiendo un abrazo…y te vuelvo a insistir, otra vez, como aquel día, que mientras no pierdas la calma y exhibas tu risa, los problemas serán sólo eso, pero no la razón de tu vida.

Dicen que la historia la escriben los que arriesgan. Los que luchan por su causa. Desde mi anonimato y sin intención de gloria, grito convencido, ¡que el tiempo es ahora!”

JIM

Anuncios