Moraleja

por Nacho Merlo

Uno ya desde chico va dedicando tiempo a lo que no le interesa; se vuelve enfático por memorizar, comprender y actuar en función de lo que se ha impuesto no ser. Con el tiempo, cuando nos vamos topando con los años, vemos las consecuencias. ¿La gente es prejuiciosa o uno es prejuicioso de sus pensamientos?

Desde chico me formé bajo una conducta y es el fiel reflejo de mi personalidad. Elegí ser quien soy y elegí todo lo que no me interesa. De todas formas, tener presente lo que uno es, lo que no es, lo que quiere y no quiere ser, hace que terminemos dedicando demasiado tiempo a lo que, en teoría, no nos interesa. La sociedad es la máquina que se encarga de apartar.

Hace unos cuantos años, tuve una discusión con un amigo, al cual, con ímpetu, le decía que jamás en mi vida voy a decirle gorda a una mujer. El reía, reía fuerte. Se reía de lo que decía y al ver que no hacía ecos de sus risas, se reía de mi pensamiento. Nunca me preguntó el por qué, y nunca destiné tiempo en explicarle lo que no entendería jamás.

Tengo presente que los adolescentes tienen un poder de destrucción increíble entre si mismo. Por eso, y por los prejuicios que la sociedad –lamentáblemente– ha impuesto como válidos. Y tuve la suerte, la delicadeza, o la capacidad, de entender que uno no puede vestirse de verdugo de nadie, nunca. Lo aprendí de chico y lo hago desde aquel momento y para siempre.

Sin embargo, la sociedad se ha plagado de insensibles. Gente fría por naturaleza. Gente a la cual le cuesta decir te quiero y lo lamenta cuando llega a la vejez. Gente que no aprende de sus errores; por tercos o por no considerarlos tal. Gente sin auto crítica. Gente que actúa en contra de la gente.

¿Dónde van a parar los sentimientos de los insensatos?

Lo que uno comprende de chico, lo acompaña por siempre. Lo que uno aprende de grande, es motivo de añoranzas y lamentos.

JIM

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