Autoregalo

por Nacho Merlo

Sobre un cajón de ilusiones y manzanas que pudren al resto, posa su pie el padre de la criatura. Afina una y mil veces sus cuerdas y baña de whiskey sus gritos. Tras bambalinas, aturden y embellecen miles de almas que hoy brillan con la misma luz tenue.

Vuelve a su lugar sus trapos, prolíjamente se despeina, escupe grueso y vuelve al ruedo. Mira una y mil veces el cuello de su camisa en la imágen que un pequeño espejo devuelve. Sólo en ese instante y no antes –ni después– se permite la paz.

Elige mirar sus viejas botas de blues, y sonríe al recordar cada cicatriz del cuero. Nadie ha apostado por él cuando entonó sus primeros versos. Vuelve entonces la mirada al cristal y reconoce tras las heridas de los años la sonrisa del pibe que fue décadas atrás. Y se da el placer de escaparse con la memoria a su infancia.

Bajo la sombra de un árbol apenas alto en una plaza boscosa, un grupo de nenas se envidia entre sí. A lo lejos, los gritos de soledad y ahogo que alguien trajo a su casa después de una jornada de vacío opacan cualquier escena con posible final feliz. ‘Uno necesita esconderse sólo cuando lo buscan’, repetía el pibe que supo ser.

Hoy, se esconde tras el pesado telón que lo separa de unos cuantos gritos con su nombre. Siente en medio del pecho la incomodidad del placer que provoca la plenitud. Es entonces cuando su sonrisa y la del niño aquel encuadran en un mismo plano.

Muchos años después del momento inicial de la historia, nadie recuerda su sombra. No hay calles con su nombre ni huellas que le correspondan. Ha pasado el tiempo y barrió prolíjamente cada uno de sus acordes. Sin embargo, en un viejo cuaderno de canciones, alguien guardó sus intentos. Y es por eso que la historia, todas las historias, se repiten y reinventan cada vez que alguien elige soñarlas.

JIM

Anuncios