por Nacho Merlo

Habían pasado unos meses y seguíamos vagando tras una sonrisa suya. Su encanto y su piel se paseaban con delicadeza de lado a lado y por cada rincón de nuestro pueblo. Nadie se iba de su tiempo sin recordar sus gestos y su canto.

Supe escuchar, cerca del fin de una noche corta, del otro lado de la mesa que ocupaba en el bar de siempre, que existió quien guardaba entre sus recuerdos la voz de la damita. Él, robusto y cómplice de copas, cual batalla ganada con sudor, contaba una y otra vez a cualquiera que pase por la ciudad entre fronteras, que había sido cautivo y preso de su voz en verso alguna tarde de una antigua primavera.

Y ahí asomaban nuevamente sus luces. Firme y dispuesta a hacer de cualquier pasaje amargo un rincón sin penas. Sus destellos iluminaban a quien cruzara su camino y sus encantos conquistaban a cada uno de los corazones solitarios.

Entre muecas y corazonadas, el tiempo se hizo tiempo y abril la encontró en solitario. Dicen quienes la conocieron, que caminaba sin rumbo y sin sueños entre las tardes de otoño y las noches del viento, llevando consigo sus penas y sus brazos cansados. Entre paso y paso, tal vez mira al cielo y éste, cómplice de sus luces, dicen, se tiñe de encanto.

Quienes habitaban el mismo suelo que la damita de la cual les hablo, aseguran que aun hoy cuentan su historia como la moraleja del encanto. De aquella que supo ser quien quiso ser justo cuando se lo había propuesto.

JIM

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