Óxido

por Nacho Merlo

Cuentan en las calles del pueblo que dejé atrás horas antes, aquellos que más canas peinan, que el invierno ha sido siempre así: amarga mezcla de soledad y silencio que desdibuja sonrisas en los rostros más optimistas. Sin embargo, algo parece haber empeorado desde aquella tarde; no alcanza ya con ser parte del paisaje, con una comida tibia ni un tímido abrazo. De un tiempo a hoy, no hay motivos concretos para sostener un gesto de optimismo por más de un instante. Todo es muy reciente.

De espaldas al campanario de la única iglesia en muchísimos kilómetros a la redonda, cierro los ojos, agudizo mis oídos y siento el susurro de mil voces. Es como si el pasado tuviese la posibilidad de comunicarse con el presente, siendo mi percepción y la falta de sueño el medio para entablar tal conexión.

Sed. Siento mucha sed. Han pasado sólo unos instantes desde que mis ojos se abrieron, desorbitados, buscando y no encontrando respuestas. Aún retumban voces jóvenes en mi cabeza. Escucho gritos desgarradores en medio del silencio. Nunca tuve una experiencia tan precisa…tan…tan intensa.

Dicen que en aquel pueblo, las agujas de cada reloj han decretado la huelga por tiempo indeterminado, que resisten girar y ponerse a tono con el presente, ya que el pasado les resulta más ameno. Todas se han detenido en el mismo momento. Quienes, osados, se han quedado a vivir en el presente perpetuo del antiguo pueblo, dicen que han encontrado la calma de saber que verán pasar una y mil veces las sonrisas de quienes han elegido amar. Quienes huyeron despavoridos tras aquella tarde, no soportan la idea de un mundo sin futuro. Otros, en cambio, han quedado escondidos en las sombras de las callecitas de tierra. Ellos, no comprenden un mundo sin pasado, no les pertenece el presente, y el futuro es algo que no les han convidado.

Incubus | Defiance

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