Frío de muerte

por Nacho Merlo

Vuelvo mil veces sobre el punto exacto en el cual el auto se apaga y, delante mío, un Volkswagen Gol –negro, modelo 2009, estimo–, frena bruscamente, me cierra el paso y se abren las cuatro puertas. De cada asiento baja un ladrón, un delincuente, un pibe que nació con menos oportunidades que yo y está dispuesto a matar. Eso dice. Repite claro: “Dame las llaves, porque te mato si no”. Y yo, amigo de las cosas claras y sin vueltas, le doy las llaves, porque entiendo que si no lo hago me matará. Es su promesa. Y no sólo eso. En este momento se ha convertido en mi destino; mi bifurcación. Si sus ideas deciden conectar el gatillo con las cachas de la pistola que empuña en su mano derecha, dentro de algunos segundos, estaré muerto. Y no sólo eso. En ese mar de sangre que sospecho causaré, se irán mis sueños, los del niño que supe ser y los del viejo que pienso ser, incluso ahora que siento el frío del arma en el esternón.
Algo me hace resignarme; entender que este es tal vez mi destino, que hasta aquí han viajado cuerpo y alma en forma conjunta y que este es el punto de inflexión: de ahora en más, ya no habrá dudas sobre qué hay después de la muerte, si existe o no la reencarnación o lo que fuere. En adelante, cuando la bala me perfore todas los huesos que mantienen la estructura de mi torso unida, ya no habrá dudas. La muerte traerá consigo todas las certezas y respuestas que la vida no sabe dar.
Pero no me lo permito. A mi derecha está pasando algo mucho más complejo. Otro ladrón, otro pibe que no llega ni al metro setenta, ni a los diecisiete años ni al status de ladrón, amenaza de muerte a mi mujer. A la mujer que elijo; mi compañera. Y no me lo perdono. Sé que si esa amenaza se convierte en bala; si pólvora y fulminante reaccionan, ya no sólo morirán mis sueños, sino los suyos, y sobre eso no hay perdón. La misma suerte corren las dos amigas que viajan conmigo, en los asientos de atrás.
Algo de todo lo que pasa me hace mantener la calma. Insisto, debe haber sido la sensación de no tener poder de decisión sobre lo que pasa. Lo cierto es que cual pavo real, cubro a las tres mujeres tras mis brazos flacos –temblorosos– y largos y decido que lo mejor es dar uno, dos, tres; diez pasos hacia atrás. Estamos a cuatro o cinco metros de la esquina. Si logramos salir del foco de la escena, tendremos posibilidad de correr hasta el infinito, hasta que este viernes nocturno de invierno se haga sábado por la mañana. Un paso, dos, hacia atrás. Estamos en la esquina, estamos libres.
Escucho mientras me alejo, con una nitidez que sólo creía posible en películas de cine, dos cosas con claridad abrumadora: sus voces, cuchicheantes, por un lado y el motor del auto tartamudeando, por el otro. Entiendo que el auto no arranca. Que no sólo no arranca, sino que no va a arrancar, y que estoy a 20 metros del cuadro de la escena. Sé, –entonces sé, ya no lo sospecho– que mi destino está en la esquina. Que el último beso a mi mujer fue cuando nos encontramos algunos cuántos minutos atrás para volver juntos, que el último abrazo a mi familia lleva unos días de añejamiento, que la última cerveza helada que tomé con mis amigos ya no existe más siquiera en el recuerdo de cada uno. Adivino que lo viene dolerá; imagino frío, mucho frío y angustia. Y eso me desespera, pensar en la angustia que está por causar aquella maniobra imprudente mía: cómo no mirar simultáneamente los 3 espejos, el parabrisas, la luneta y cada una de las ventanas del Clio, ¿no? Cómo no hacerlo.
Escucho pasos. Pasos que vienen desde la esquina a este porche en donde me refugio con tres mujeres a las cuales debo hacer creer que nada malo pasará cuando tengo la certeza de que lo peor aún no llega. Y temblamos los cuatro, y yo simulo estar bien, estar tranquilo. Estar, estar ahí para decir que nada va a pasar, porque en el fondo pienso que nada me perdonará que algo pase. Y vuelvo a escuchar cómo el burro de arranque gira en falso una vez, dos, tres… y silencio.
Un auto sale arando y nuevamente silencio. Nada. La noche de Valentín Alsina se vuelve eterna, intrigante e incómoda. El silencio ensordece, abruma. Confundo las ganas de llorar de miedo con las de vomitar de angustia y ni siquiera pongo énfasis en distinguirlas. Algo acaba de pasar. Algo se quebró adentro mío para siempre. Desespero en el silencio, en la entrada de esa casa de la cual no quisieron abrir la puerta para que no nos maten, por miedo a que los matemos a ellos, o por miedo de que quienes iban a matarnos los matasen también, o por miedo a no poder manejar el miedo.
Los escucho irse. Los adivino dando vueltas manzana, pistola en mano, buscando mi cabeza. Me he vuelto enemigo de gente que no conozco, que no quiero de mi lado ni del otro. Desconocidos, que han sentido la necesidad, la voluntad o simplemente la intriga de poseer algo que no es suyo. Cómo pasa con los vueltos y las dobles morales.
Pero no, nada de eso pasa. Cuando me asomo a la esquina estoy vivo. Mi auto está con las cuatro puertas abiertas como un libro que se secó al sol, solo de toda soledad, esperando por saber qué pasó. Y ahí estoy yo, si sólo pudiese ver mis piernas –flacas, largas y temblorosas–, pensaría que lo peor pasó. Pero de todo ese trago aún guardo resabios de amargura.
Que quiero empezar a escupir y que, tal vez, de todo eso se traten estas letras.

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