Desahogo 01 | 08.04.14

por Nacho Merlo

Tal vez la angustia pase por saber -a ciencia cierta- que ya no habrá más un ‘qué tal’, un ‘te quiero mucho’ ni un simple ‘quería saber cómo estabas’. Nada de eso volverá. Y dejar que eso se vuelva cierto, que su muerte sea definitiva, me asfixia. Como todo lo definitivo.
La perpetuidad de las emociones, la posibilidad de lo eterno me ahoga. ¿Qué pasa si nunca más nos cruzamos, siquiera en dimensiones que no sean las conocidas? ¿Cómo se puede tolerar vivir con esa certeza tan plagada de incertidumbres?
El alivio llegará, estimo, de la mano de las hojas del almanaque al caer. Serán los nuevos años nuevos los que barran las peores consecuencias de este 2014, aún joven y que no resigno a dar por perdido, incluso sabiendo que el balance no será positivo. ¿O sí?
Recuerdo que de las muchas cosas que supe compartir con mi madre, una de ellas era la música. Me gustaría contarle, por caso, que anoche estuve charlando con el nieto de Ástor Piazzolla. O que pronto voy a deambular por la Casa Rosada en medio de un concierto. O que… o que… o que tantos otros que.
Pero nada de eso pasará más y me veo en la obligación de aceptarlo.
El duelo golpeó la puerta de mi casa más de una vez y, yendo hacia atrás y mirando con ojos de ilusión, siempre lo he superado. Pasaron desamores, amigos que ya no están, he visto morir a todos mis abuelos, mis padres se han divorciado y, pese a ello, siempre el fulgor del nuevo comienzo ha asomado tras alguna pared. Esta vez, tal vez, la pared sólo sea un poco más alta, pero sospecha que ahí, detrás de esos ladrillos húmedos de dolor y angustia, hay un rayo cálido que está dispuesto a llegar hasta mi.
Tal vez, ese calor llegue desde algún otro plano, desde alguna dimensión que no me es del todo conocida aún.

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