Nuestro Espejo

Un pequeño reflejo de todo lo que vivo

Etiqueta: Relatos

El pianista de los pasillos oscuros

Lejos, muy lejos, desafinaban sobre un viejo, muy viejo piano, las manos más tristes de la ciudad.

Habíamos compartido algunas notas y unos cuantos cigarros algunos años atrás y hoy, como si lo lúgubre de aquel rincón porteño hubiese soldado las agujas contra el paso del tiempo, el panorama era idéntico.

“Yo soy un artista, eso me hace sucio, pobre y solitario. Pero es lo que elegí ser..”- susurraba quejumbroso ante mi presencia.

Noté que sus manos guardaban más arrugas que entonces y le ofrecí escucharlo.

– “No necesito de tu caridad. Lo que no se siente, no se transmite..” – dijo algo incómodo.

Lo tomé como una verdad indeleble, no quise insistir. Me alejé lentamente, y de fondo sus quejas se transformaron en tango.

Desde entonces no supe más de Fabio, el pianista de los pasillos oscuros. Pero la música tiene ese don exclusivo de vivir por siempre mientras la memoria se esfuerce en que así sea.

JIM

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Autoregalo

Sobre un cajón de ilusiones y manzanas que pudren al resto, posa su pie el padre de la criatura. Afina una y mil veces sus cuerdas y baña de whiskey sus gritos. Tras bambalinas, aturden y embellecen miles de almas que hoy brillan con la misma luz tenue.

Vuelve a su lugar sus trapos, prolíjamente se despeina, escupe grueso y vuelve al ruedo. Mira una y mil veces el cuello de su camisa en la imágen que un pequeño espejo devuelve. Sólo en ese instante y no antes –ni después– se permite la paz.

Elige mirar sus viejas botas de blues, y sonríe al recordar cada cicatriz del cuero. Nadie ha apostado por él cuando entonó sus primeros versos. Vuelve entonces la mirada al cristal y reconoce tras las heridas de los años la sonrisa del pibe que fue décadas atrás. Y se da el placer de escaparse con la memoria a su infancia.

Bajo la sombra de un árbol apenas alto en una plaza boscosa, un grupo de nenas se envidia entre sí. A lo lejos, los gritos de soledad y ahogo que alguien trajo a su casa después de una jornada de vacío opacan cualquier escena con posible final feliz. ‘Uno necesita esconderse sólo cuando lo buscan’, repetía el pibe que supo ser.

Hoy, se esconde tras el pesado telón que lo separa de unos cuantos gritos con su nombre. Siente en medio del pecho la incomodidad del placer que provoca la plenitud. Es entonces cuando su sonrisa y la del niño aquel encuadran en un mismo plano.

Muchos años después del momento inicial de la historia, nadie recuerda su sombra. No hay calles con su nombre ni huellas que le correspondan. Ha pasado el tiempo y barrió prolíjamente cada uno de sus acordes. Sin embargo, en un viejo cuaderno de canciones, alguien guardó sus intentos. Y es por eso que la historia, todas las historias, se repiten y reinventan cada vez que alguien elige soñarlas.

JIM

Sombras

A la vuelta de la esquina más lejana del pueblo más pobre del país más rico, mueve sus caderas la más hermosa de las mujeres feas del lugar. Camina sin paciencia y sin perder el ritmo, y en cada paso cosecha una mirada nueva, de luz propia y sangre cautivante.

Dicen que al otro lado de la tierra, en la más cercana de las plazas ricas de un pueblo pobre como sí solo, camina solo y lento el paisano más viejo del rincón más joven de la zona. El lleva con gracia sus pocos pelos y sus piernas flacas. A cada paso deja un surco, y en cada surco, una nueva sombra con historia propia.

Dicen, también, que sus corazones son mitades inexactas de un corte previo a su llegada a la tierra. A élla le tocó la porción más chica, y a él la que tiene de sobra. Y a cada sol que ella recibe, él baja sus párpados a una noche nueva. Caminan y no se encuentran, y resisten porque se presienten cercanos.

Dicen que todavía caminan entre nosotros. Él se disfraza de pena, y ella se viste de ganas.

Y digo, bendito sea aquel que supo llevar al pueblo la idea del pálpito y la corazonada, porque con esa tinta fresca y sagrada se supo escribir la historia, de la mulata soltera, y el buen vecino solo.

JIM